Es saber exactamente el motivo para escribir

“I write to find out what I am thinking. I write to find out who I am. I write to understand things.”

Escribo para averiguar que estoy pensando. Escribo para averiguar quien soy. Escribo para entender cosas.

Julia Alvarez

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Estás preciosa cuando lloras

Enfundada en un apretado traje de cuero negro que realzaba su figura envidiada por muchas, con el pelo suelto ondulado producto de horas de trabajo al igual que su maquillaje que ahora se corría por culpa de sus lágrimas. Sus preciosos tacones negros hacían que se tambaleara más de lo apropiado así que optó por quitárselos. De esa manera, descalza e imperfecta, empezó a caminar por la calle solitaria en medio de la madrugada. Se sentía mareada y confusa, triste e indiferente, sorprendida y consciente de lo que pasaba. Demasiados chupitos de bebidas desconocidas, demasiadas caladas a porros de desconocidos.

    En cierto modo, no sabía a donde dirigirse, aunque no aminoraba la marcha. Miraba el suelo, allí a donde iba a parar alguna que otra lágrima. El aire era fresco, pero su largo pelo suelto la protegía la mayor parte del tiempo, conservando el calor alrededor de su cuello y su espalda. Se sentía sola y desprotegida, pero no le molestaba, echaba de menos esa sensación que no había tenido en mucho tiempo. La soledad era un bien que ella solía tener demasiado a menudo hasta hace alrededor de un año, cuando todo en su vida empezó a cambiar y de alguna manera la llevó hasta ese momento de devastación personal. No sabía si era causa de su estado de embriaguez, pero eso también le daba igual.

    Se detuvo lentamente cuando llegó a un parque y pasó unos minutos mirando el desolado lugar que por las mañanas solía rebosar vitalidad. Una sonrisa afloró en su rostro y decidida se acercó a los columpios donde se sentó en uno y empezó a balancearse. El vaivén la relajaba, la aliviaba, porque en el fondo estaba dolida, y a pesar de todo lo consumido el dolor no desaparecía, pero se aliviaba, muy poco, pero bastaba.

    Tras dejar de hacer fuerza, el columpio no tardó en parar, y allí se quedó, mirando el cielo estrellado de una noche otoñal. No estaba tan lejos, quizás si alzaba la mano lo suficientemente alto lo tocaría, como todas veces que lo tocó a su lado. Cogería una estrella como todas esas que él le ofreció para mantenerla consigo. Lo intentó, pero falló y acabó tirada en el suelo por voluntad propia. En su mente sonaba una suave y melancólica melodía, tan real que creyó oírla y de repente decidió acompañarla vocalmente, sabiéndose la letra completa, sin error alguno.

    Pasaron tantos minutos que perdió la cuenta. La noche la absorbía y empezaba a recordar. Recordaba como él la acariciaba, seguro de sí mismo. Recordaba sus susurros, como no titubeaba dijera lo que dijese. El frío que sentía se desvaneció cuando imaginó los brazos de él a su alrededor, envolviéndola como la mejor manta del mundo. Se sintió poseída por su inexistente presencia. Las lágrimas no tardaron en volver a brotar de sus ojos mientras se dibujaba en su mente la imagen de él, así tal cual era, con la otra chica. A la otra que susurraba, que envolvía y acariciaba. Presentía que eso pasaba desde hacía tiempo, pero rezaba cada noche por no encontrarse una imagen tal. Sin embargo, fue algo que tuvo que presenciar, y eso era lo que había desatado el incontrolable dolor y pánico que en medio de la noche se apoderaba de ella. Pasó tanto tiempo conteniéndolo que esa noche no se molestó en retenerlo. Por eso lloró, lloró como nunca había llorado por él, por la otra, por ella misma, por lo perdido, por el momento. Lloró mientras los recuerdos pasaban uno tras otro ante sus ojos cristalinos.

    La cuenta de las horas que pasó allí llorando tampoco pudo mantenerla, por lo que se perdió en aquel pequeño infinito. Hasta que llegó el recuerdo que le provocó la primera sonrisa, aunque no detuvo las lágrimas. Un simple momento en que él había estado a su lado cuando ella tenía una mala racha. Él acarició su rostro, la miró a los ojos, y sonrió. Le dijo: “Estas preciosa cuando lloras”. Ahora era ella quien sonreía. Entre todas sus lágrimas y todo su maquillaje corrido, se sintió la mujer más bella del mundo, y fue una pena que él no estuviera allí para verlo. Él la había convertido en algo precioso, en un ser tristemente bello. Y así estuvo, hermosa hasta el amanecer.

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La nada por el todo, y el todo por la nada.

Él la estaba mirando, sentado frente a ella mientras comían. Ella se mostraba insinuante, algo que le sorprendía. Hace un momento, en la fila para recoger el almuerzo, la había visto divertida y risueña con su amiga, indiferente a su presencia. Luego con el camarero había sido la chica más encantadora y educada que había visto, y tras comenzar una charla sobre el temario de una asinagtura común, la había visto seria y concentrada, derrochando inteligencia y dedicación, demostrándole que no había obstaculo que ella no pudiese sobrepasar. Ahora veía un destello distinto en su mirada, algo que intentaba atraerle. Recordó en un instante todo un año lleno de miradas fugaces, escondidas, anónimas y reveladoras. Era como una relación sin palabras, basada en lo que transmitían los ojos del otro. Encontró por parte de ella miradas tímidas, miradas salvajes, miradas evasivas que pretendían hacerla de rogar. Encontró muchísimo en ella, pero no la encontró a su altura. Pensaba en ella como una chica más cursando uno o dos años menos que él en el grado, nunca se habrían llegado hablar si él no hubiese suspendido aquella asignatura. Sin embargo, a pesar de sentirse en un nivel superior al que ella tardaría en llegar, algo le atraía, algo le gustaba de sus miradas, al igual que ahora algo captaba toda su atención. Se pregutaba constantemente cual sería la respuesta al enigma de su personalidad, de su deseo escondido reflejado en sus ojos. Entre risas, miradas y palabras, él se lanzó, no pudiendo soportar tanto cambio, pensando que ella jugaba a su gusto con él. 
– No entiendo por qué me miras así 
– ¿Así cómo? – enarcó ella una ceja
– Así, como si quisieras algo de mí. – Ella rió a carcajada limpia. Él no entendía por qué, era la verdad. 
– ¡Vaya con el niño! ¿Tanto te crees? – Otra vez esa mirada, esta vez más jugetona, mientras él se volvía loco, pero sonreía divertido con el juego, siempre se lo pasaba bien en momentos como ese. 
– No me creo nada, eres tú que me confundes.
– ¿Te confundo? – preguntó extrañada. 
– Me gustaría que fueras tu misma, no sé cómo interpretarte, siento que finges una personalidad a cada rato. Quiero que seas tú, solo tú.
Ella bajó la mirada a su plato por unos segundos mientras ladeaba una sonrisa. Luego, decidida, le miró a los ojos, como muchas veces lo había hecho sin saber quién era él, sin saber su nombre, ni si quiera como sonaba su voz. Era la mejor manera de ser sincera, sin ataduras. Él no bajó la mirada, se dejó poseer por la de ella. 
– ¿Quieres saber quién soy? – él asintió. – Es tan simple como esto: yo soy yo y la situación. Yo soy quien yo quiero ser, porque puedo serlo. Puedo ser sexy, puedo ser divertida, puedo ser seria y puedo ser tranquila. Soy todas esas cosas y muchas más, porque me gusta serlo todo, me gusta ser lo que quiero ser, sin límites. Si la situación me pide ser de una manera, lo soy, y en ningún momento, por muy variante que pueda llegar a ser, dejo de estar orgullosa de ser quien soy, porque siempre me siento a gusto conmigo misma. Puedo serlo todo, y puedo ser nada. Soy, sencillamente, quien quiero ser. 
Sonrió, y se llevó un poco de ensalada con su tenedor a la boca, saboreandola una vez que estuvo dentro. Fue clara, sus palabras fueron tan puras que hasta miedo le daban. Él no pudo apartar la mirada de esa persona tan enigmática que había encontrado. 
Pensaba que lo sabía todo de ella, pero no sabía nada.

La rosa

Y aquí estoy yo, mirándola, con una rosa en mis manos, sin poder creerme que ella sea tan guapa, lamentándome por ser tan tonto de darme cuenta ahora, porque siempre ha sido hermosa y siempre lo será.

Ahora no importan los demás, los que hablan a nuestras espaldas. Elena está ahí, con su vestido rojo ceñido, con su pelo lacio sobre sus hombros y perfectamente maquillada, preparada para la ocasión, lista para mí y para ella misma.

Se me escapa una sonrisa, y con ella cierro los ojos. Recuerdo todo con una claridad asombrosa. Nos recuerdo, la recuerdo.

 

Harto, harto de todo. Harto de estar sentado en esta silla escuchando a personas que creen que saben lo suficiente como para enseñarnos sus conocimientos, harto de toda esta gente que le rodea con esas estúpidas sonrisas, como si fueran felices de verdad.  Él estaba harto de todo, harto y solo. Su vida se resumía en estudiar cosas que no le gustaban para sacar notas. Bueno, en eso y en su guitarra, era un apasionado de la música. No le hacía caso a nadie, y ya ni se molestaba en relacionarse con los demás. Tenía la sensación de que estaba rodeado de figuras sin interior, lo que provocaba que no se sintiese parte de ese mundo.

Al sonar la alarma empezó a recoger sus cosas en silencio mientras todos charlaban. Entonces, oyó esa risa que siempre sobresalía sobre las otras, la de Elena. No se puede decir que fuera una chica popular ni de ese estilo, pero tenía un gran grupo de amigos, sacaba buenas notas y siempre estaba feliz. Ella era sonrisa, no era más. Él la veía como la gran actriz, simplemente eso, le resultaba imposible la idea de ser feliz siempre. Ellos no se conocían, posiblemente Elena no sabía que él existía, aunque él tampoco se molestaba en darse a conocer. Pero ella sí que sabía de su existencia. Adán recogió finalmente sus cosas y se fue. Se fue sin mirar a nadie y sin ser feliz, sin darse cuenta de nada.

 

La biblioteca.

Él estaba sentado estudiando, apartado, solo, tranquilo. No había prácticamente nadie allí, lo que hacía que se sintiera más a gusto.

– ¿Está ocupada?

Él giró la cabeza. Era Elena. Se quedó algo confuso, pero negó con la cabeza. Ella le devolvió una sonrisa, se sentó y comenzó a sacar sus cosas. Adán devolvió la vista a sus apuntes, todavía extrañado por el gesto de ella. La biblioteca no era especialmente pequeña y no estaba llena, había más mesas completamente libres para ella, ¿por qué se había sentado a su lado?

Segundos, minutos. No se podía concentrar, esa pregunta no le dejaba tranquilo, le resultaba desconcertante. ¿En algún momento había hablado con ella? ¿Se habían mirado en los pasillos? ¿Le habría sonreído sin darse cuenta? Él no quería entablar amistad con ella, ¿acaso le había dado a entender lo contrario en un despiste? Respiró profundamente. Bueno, tampoco se iba a acabar el mundo.

Durante la siguiente media hora Adán estuvo intentando concentrarse en su libro mientras oía los intermitentes suspiros de rendición que ella emitía hasta que llegó un momento en que no pudo soportarlo más.

-Mira, estoy intentando estudiar en silencio, pero tus malditos ruiditos no me dejan… – Ella giró la cabeza, sorprendida de que Adán le hubiese dirigido la palabra, aunque este tampoco se había molestado en levantar la cabeza de su libro. Balbuceó hasta que encontró algo que decir.

– Lo siento, no quería molestarte, de verdad. Es que… Tengo problemas para entender estos ejercicios de matemáticas, y eso me saca de quicio.

– ¿El qué, los ejercicios de matemáticas o tu ignorancia? – Ambos miraban a sus libros, aunque ninguno leía o estudiaba. Él intentaba ahuyentarla y ella lo notaba. La miró por el rabillo del ojo, y por primera vez vio la tristeza en su rostro, aunque fuese de refilón. La había herido, y en el fondo se arrepentía, al menos un poco. – Elena, yo…

– Creo que, por lo general, me saca más de quicio mi ignorancia. – Ladeó una breve sonrisa.

– No eres ignorante, solo lo dije porque…

– No, tranquilo. – interrumpió ella. – Muchas veces en la vida sí que tendría que ser más inteligente. Como ahora, por ejemplo. – él la miró y enarcó una ceja. – Debería haberte pedido ayuda desde el primer momento en vez de llegar a esta situación.

– ¿De verdad crees que era mejor idea pedirme ayuda? – ella sopesó la idea por un momento.

– Pues la verdad…

– Soy un borde, intento alejarme de todas las personas, tú incluida, ¿crees que te habría ayudado? Quizás no te hubiese ni contestado.

– ¿Eres algún tipo de ermitaño o algo por el estilo? – preguntó ella extrañada. Él resopló y se acarició la frente.

– No, simplemente odio a toda esta gente de plástico – contestó cansado.

– ¿Plástico? Que yo sepa estamos hechos de carne y hueso – Intentó bromear ella con una sonrisa, pero él no seguía su juego.

– Ya sabes a lo que me refiero. Todos son pura fachada. Nadie es quien dice ser y no muestran lo que de verdad piensan o sienten. No me gusta juntarme con mentirosos.

– ¿Qué te hace pensar que yo soy así? – preguntó ella en un susurro, mirándole, seria. Adán no se dignaba a mirarla, porque no quería volver a ver aquel rostro triste y herido. Aun así, sus pensamientos cobraban forma cada vez que hablaba, a pesar de que sabía que herían.

– Nadie puede ser feliz siempre, Elena. No me creo la mitad de tus sonrisas. Haces creer a la gente que nada te afecta, que no pasa nada malo en tu vida.

– Se llama ser risueña y de risa fácil. – Su tono era seco y cortante.

– No me lo trago.

– ¿no te tragas eso pero sí tu propia farsa? – eso bastó para que él la mirase. No le gustó lo que vio, y aún menos lo que imaginaba que iba a oír. – Vas de sincero y que todos somos unos mentirosos, pero no me creo en absoluto que no te rías y que no quieras ser amable con nadie. No me trago que quieras estar solo para toda la vida. Tú no eres feliz, y haces como que te gusta no serlo, pero no te creo, solo lo haces para crear tu propia zona de confort, un lugar en el que tranquilizar a tu espíritu. La felicidad nos hace vivir, y si no la encuentras nunca, estarás muerto en menos tiempo del que crees. – ella calló durante unos segundos. Él no se atrevió a decir nada. Se sentía humillado y descubierto, desnudo. – Mentir a los demás es malo, Adán, pero es peor mentirse a uno mismo.

Sin darle tiempo a responder, aunque él no tenía nada que decir, ella recogió sus cosas y se fue dos mesas más allá.

Adán pasó 15 minutos intentando recomponerse. En cierto modo sabía que ella tenía razón. Además, había sido un capullo con ella. Su honestidad acompañada de su lengua viperina siempre le jugaba malas pasadas. Fue entonces cuando empezó a cuestionarse su soledad: ¿y si no era tan malo hablar con ella? No es malo tener una amiga, ¿no? Quizás ella no era esa mentirosa que había construido en su cabeza… Quizás sí, pero ¿cómo podía estar seguro de la respuesta? Llegó a la conclusión de que intentar conocerla no le haría daño, y así podría resolver sus dudas.

Adán recogió sus cosas y se dirigió a la mesa en la que estaba Elena. Ella levantó la vista de su libreta y dejó de escribir. Se miraron a los ojos durante unos segundos, luego él se sentó a su lado.

– ¿Cuál es el ejercicio que no entiendes? – Al principio Elena dudó en si debía responder, pero era o su orgullo o llevar los deberes hechos al día siguiente.

– El 4… – dijo en un susurro.

– Déjame ver el enunciado. – Elena aprovechó su lectura para mirarle detenidamente. Le resultaba guapo, le gustaba su peinado y la forma de sus labios. También encontraba atractivo su perfume. Sonrió mientras pensaba en el momento en que había decidido venir a la biblioteca esa tarde. No había sido tan mala idea.

 

Adán llegó a su casa, fue hasta su habitación y una vez en ella, se dejó caer en la cama, rendido. Pasó allí tumbado un largo tiempo con los ojos cerrados, oyendo su propia respiración y el sonido de algunos coches al pasar afuera cerca de allí. La casa estaba sumida en un silencio sepulcral, aunque él tampoco esperaba algo distinto ya que sabía que a esas horas de la noche la única persona despierta podía ser él, su madre estaría durmiendo. Estuvo con Elena en la biblioteca unas dos horas, ayudándola con sus deberes, descubriendo lo que le costaban a ella los números, algo que para él era demasiado fácil como para prestarle demasiada atención. Se habían quedado hablando tras salir de la biblioteca así que decidió acompañarla a su casa para que no caminase sola bajo el cielo nocturno, aunque no es que viviese cerca de calles peligrosas, más bien eran bastante frecuentadas. Elena resultó ser una chica extrañamente interesante y agradable para él. Se fijó en que ella sonreía mucho, pero no tanto como en el instituto, lo que le hizo sentir más cómodo, pensando que estaba por fin descubriendo la verdadera personalidad de ella. Sin embargo, hubo partes en las que dudó de si quería realmente conocerla, pues a veces vio su mirada distante, sus ojos algo tristes, melancólicos. Recordaban momentos pasados y ella cambiaba su expresión a una llena de añoranza en la que se podía distinguir como ella sentía que su vida tuvo momentos mejores que los que ahora vive, de esos que podrías repetir sin cesar. Adán al notarlo cambió de tema pues no le gustaba verla triste. De acuerdo que odiaba que sonriese tanto, pero no era razón para querer verla sumida en una depresión, aunque tampoco imaginaba que eso pudiese llegar a pasar. Consideraba a Elena una chica llena de ilusiones y metas, con una sonrisa de ánimo pegada a su boca y con palabras que te hacían querer seguir adelante con tus deseos y llevarlos a cabo. Esa noche ambos bromearon mucho, él se metía con ella, y ella con él aunque no tantas veces como Adán lo hacía. Llegaron a la casa de ella, y ahí surgió la broma, el atrevimiento.

“- Que sea un antisocial no significa que no sea caballero – dijo Adán ofendido mientras ella reía.

– ¡Claro que sí! ¡Todo el mundo lo sabe!

– ¿A caso no lo he sido acompañándote hasta tu casa? A la próxima te dejo sola…

– ¿Ves? Un caballero nunca deja ver que sus actos son por pura obligación.

– ¡Es porque te estás metiendo conmigo!

– Ya, claro… Seguro que no eres ni capaz de regalarle una flor a una chica, ni de hacer la silla hacia atrás para que ella se siente, o incluso abrirle la puerta del coche. ¡Si es por ti, nada de eso pasa!

– A ver, yo creo que las mujeres ya son mayorcitas como para andarse con chorradas, hay que ser independiente, ¿sabes?

– ¿Independiente? – Ella abrió los ojos incrédula

– ¡Claro! Las chicas tienen manos con las que abrir las puertas o rodar las sillas, ¿qué tiene que ver eso con ser un hombre? Tanto que os quejáis que la sociedad no os considera seres superiores o iguales pero bien que os dejáis esclavizar por un hombre con la excusa de dejarle ser un caballero. – Ella se quedó callada un momento, sopesando su respuesta, pensando que en cierto modo tenía algo de razón, pero a la vez buscaba su talón de Aquiles.

– ¿Y qué me dice de las flores? Eso no es un signo de sumisión ante los hombres, es un signo de rendición de ellos ante nosotras, es un signo que deja ver cuán bellas nos pueden llegar a considerar y que demuestra que quieren seguir conociéndonos. – Adán la miró detenidamente y ladeó una sonrisa. Elena nunca se quedaba sin palabras, siempre encontraba algo con lo que pudiese contradecirle, pero eso le gustaba de ella, le atraía tener una conversación que diera pie a más y más teorías, que no se centrara en un monólogo por su parte y afirmaciones por parte del otro conversador. Solo por eso, pensó que ella se merecía que él fuese un caballero. – ¿Ves? Con las flores no hay excusa que valga.

– ¿Tengo que traerte flores para demostrarte que soy un caballero? – Preguntó Adán algo incrédulo.

– En vista de tu punto de vista respecto a todos los otros gestos de caballerosidad, es lo único que podría hacerme creer que puedes ser un caballero antisocial – concluyó ella con una gran sonrisa, la cual él secundó con una carcajada.

– Esta bien, ya veremos. Quizás mañana te dé una sorpresa. –  Guiñó un ojo y ella rio con ganas. Adán miró el reloj, eran las 20:20, llevaban algún tiempo fuera ya. – Creo que deberías entrar ya, se hace tarde.

– Sí, será lo mejor. Hay que acabar el día. – Ambos se quedaron en silencio unos segundos, mirando a sus alrededores. Entonces, Elena le miró a la cara y llamó su atención. – Adán – Él la miró a los ojos. – Gracias por la tarde de hoy, de verdad. Sé que suena raro pero… lo he pasado bien y me ha gustado conocerte aunque solo fuese un poco. Gracias. – Sonrió y Adán también lo hizo.

– No tienes nada que agradecer, de hecho yo debería agradecerte que me sacases un rato a la realidad, hace tiempo que no hablaba tanto con alguien. Es raro, ¿sabes? – Ambos rieron – Pero bueno, supongo que mañana es otro día, podemos seguir conociéndonos. – Ella mantuvo su mirada en la de él y ladeó su sonrisa.

– Ya veremos. Adiós Adán.

– Adiós Elena. – Una última sonrisa y ella emprendió su camino a casa. Él esperó a que ella entrase al portal, quería comprobar que llegaba a una zona segura.”

Adán abrió los ojos y suspiró. Luego, miró a su alrededor, como había dejado su habitación totalmente recogida, como todo estaba preparado para lo que había decidido hacer esa noche, lo que ya había olvidado. Se levantó y se dirigió a su mesa, donde había fijado su mirada hacía unos segundos, donde unas cuchillas afiladas estaban. Ahí seguían, esta noche iban a ser las que le arrancaran la vida, como él había planeado. Sin embargo, cuando las cogió, ya no sintió  la misma determinación que la noche anterior, que todas las noches anteriores en las que había planeado como hacerlo. ¿Dónde estaba ahora la seguridad en sí mismo? ¿Dónde estaba el deseo de desaparecer? ¿Dónde estaba la idea de dejar la historia que menos le gustaba leer? Comprendió, mirando las cuchillas, que su seguridad se había quedado en el portal de aquella casa, que la curiosidad había mitigado el deseo de desaparecer y que por fin había llegado a un capítulo que tenía ganas de devorar. Guardó las cuchillas en un cajón, fue hasta donde estaba su móvil y creó una alarma, una que sonaría más temprano de lo habitual, porque tenía una compra que hacer y debía ir a demostrarle a alguien que se equivocaba, nada que le gustase más. Se preparó y se fue a dormir, esperando que llegara el día siguiente. Ya había disfrutado demasiado del presente.

 

Me acerco a su cuerpo, sin maldad, sin ganas de arruinar la escena o su belleza. Ella yace en su cama, con una sonrisa en sus labios. Me pregunto cómo la conservó, si de verdad no le dolieron esos cortes en sus brazos, si toda esa sangre derramada y absorbida ahora por su vestido no le importó. Me pregunto qué pensó mientras se maquillaba y se peinaba para estar tan guapa, y también me pregunto si sabía que yo la vería así. Se me escapa una lágrima, pero termina su recorrido en mi sonrisa. Si ella lo hace, ¿por qué yo no? Elena nunca quiso que la recordaran con una cara triste, por eso siempre sonreía, porque preparaba sus restos. No voy a decepcionarla con tristeza.

Llegado un momento, el personal médico me aparta para poder llevársela, y aunque me gustaría detenerlos, sé que no debo. Así que ahí me quedo, yo y mi rosa, su rosa, la prueba de que puedo ser algo más, mientras veo como la persona a la que se lo debía demostrar no esperó por mí. Elena la impaciente. Entonces, su madre me saca de mis pensamientos.

– ¿Eres Adán?

– Así es – Ella, aún con lágrimas cayendo por su rostro y sin apenas poder hablar de manera inteligible, me tiende un sobre en el que está escrito mi nombre.

– Estaba en su escritorio junto al mío. – Dijo ella entre sollozos.

– Gracias señora. – Me acerqué y le di un abrazo. No recuerdo la última vez que abracé a alguien, pero esta mujer apenas podía sostenerse sobre sus pies y parecía que el dolor iba a llevársela como los cortes se llevaron a su hija.

Preferí no hablar, no era el mejor consejero, así que tras el abrazo salí de allí, alejándome de todo el bullicio. Caminé sin rumbo, no iba a ir a clase, no iba a ir a casa, no iba a ir a ningún lado… Pero sin darme cuenta acabé en la biblioteca. Miré el edificio, ¿has venido tú a mi o yo a ti? Da igual, quizás es lo mejor, terminar donde todo empezó. Entré y me senté en la misma mesa en la que nos conocimos, allí decidí abrir la carta y leer sus últimas palabras.

Querido Adán:

Siento hacerte esto. Quizás debería habértelo dicho, pero de hecho fuiste tú el que más cerca estuvo de atisbar aunque fuese una pizca de mis intenciones. No escribo a los que digo que son mis amigos porque sé que ellos no lo entenderían, pero sé que tú tienes esa capacidad. Tienes el poder de ver a través de la gente, y me alegro de que lo probases conmigo, fue una grata experiencia que vivir en el último día de mi vida. No interpretes mi suicidio como una manera de decirte que no eres razón para seguir con vida, de hecho la curiosidad de seguir sabiendo más y más de ti me inunda esta noche y me hace un poco más difícil esta decisión. Sin embargo, no puedo vivir de esperanzas, ya lo he estado haciendo demasiado tiempo y mi sufrimiento solo aumenta. No soy feliz Adán, y tú fuiste el único en echármelo en cara ayer, el único en todo este tiempo que lo ha visto, y aun así no fui lo suficientemente valiente como para reconocerlo, pero ahora lo hago. Lloro, lloro muchísimo, no me gusta quien soy ni quien puedo llegar a convertirme. Me siento sola, me siento inútil. Todo el tiempo busco razones para seguir pero todas son inventadas, son excusas que secundan mi cobardía… Pero ya no más. ¿Me has visto Adán? He sido valiente, lo he hecho, y me he puesto guapa para la ocasión. Te esperaba, sé que ibas a demostrarme cuán caballeroso eres, lo mínimo que podía hacer era agradecértelo con mi aspecto. Guarda esa rosa, Adán. No me la des, quédatela, mantenla en tu habitación y mírala cada día. Yo no tenía razón para seguir en esta historia, pero ahora tú sí que la tienes. Ahora sabes que puedes conocer a los demás, puedes acercarte a sus almas y puedes probar que tú también eres un ser humano con sentimientos. La rosa ahora es tu símbolo de humanidad.

No te hubiera gustado conocer todo mi sufrimiento Adán, así que no te lamentes por haber acabado nuestra relación aquí, de hecho alégrate por ello. Esto ha sido precioso tal y como lo hemos creado. Recuérdame como la chica que te salvó de caer en el abismo cayendo ella en tu lugar. Recuérdame, por favor.

Sé feliz, Adán. No te mientas a ti mismo nunca más.

Recuérdalo, recuérdalo todo.

Adiós, gracias por compartir conmigo mi último día.

Elena.

 

Cerré los ojos y dejé que todas las imágenes del día de ayer se proyectaran en mi mente. Revisé de principio a fin la película de su último día en la que sin querer había sido coprotagonista. Tras el final, la volví a ver allí tumbada, preciosa en su cama. Entonces sonreí y comprendí que acababa de leer uno de los mejores capítulos de mi vida, y son esos capítulos los que hacen que merezca la pena leer el libro hasta el final.

Las mentiras ya no se llevan.

Él salió al balcón, a observar cómo todo un pueblo se arrodillaba ante sus pies. Él mandaba y sus órdenes eran indiscutibles. Él reinaba en ese pequeño mundo.

Él lo era todo.

Gobernaba con odio mientras ordenaba a los demás que se amaran entre ellos y que le amaran también a él.

Imponía las leyes que él quería mientras proclamaba la libertad de su pueblo.

Presumía de la riqueza de su gente cuando la mayoría moría de hambre en secreto.

Todos, todos sin excepción alguna estaban en esa plaza, arrodillados, cabizbajos.

Él sonreía. Quería respeto, quería un pueblo fiel. Tenía un pueblo dominado y su felicidad era notoria.

De repente, uno, solo uno de los miles de la multitud, se levantó.

Nadie le miró, excepto él. Con rabia, con furia. Sus miradas se sostuvieron durante un periodo de tiempo. El ciudadano no se iba a volver a arrodillar. El gobernante no lo iba a tolerar.

El ciudadano estiró los brazos, formando una cruz. Mirándole, elevó la cabeza, retándole.

El gobernante puso una mano sobre su pistola escondida.

Era una confusión, todo parecía irreal. Si lo mataba en público, confirmaba que no había libertad. Si lo hacía, no había amor, no había nada. En verdad, nunca hubo nada.

El ciudadano sonrió.

Si no hay nada, lo único que queda es demostrárselo a aquellos que creen que sí. Solo así empezará a haber algo.

Una persona que a veces no ve lo malo.

A veces me gusta pensar que todo va bien, más que nada porque ya conozco mucha gente que me rodea que piensa que todo va mal. De vez en cuando, ser diferente, aunque te cueste serlo, es de ayuda.
La gente no lo sabe, pero aunque se empeñan en conocer a gente con intereses comunes, las personas distintas que conocen son las que les hacen ver el mundo de una manera un poco diferente.
La diferencia no siempre es mala, todos necesitamos un cambio de vez en cuando.